Llegaste a la ventanilla con tu carpeta y un número de turno. Esperaste lo que se espera. Cuando por fin te toca, quien atiende revisa sin levantar la mirada y te dice que falta un documento, que ese trámite se hace en otra oficina, que regreses el jueves. Sales con la carpeta bajo el brazo y la frase se te forma sola en la boca: no sirven para nada. La dices en el estacionamiento, la repites en la casa, la escribes en la red social donde te leen doscientas personas. Nadie te la discute, porque casi todos han salido alguna vez de una oficina igual con la misma sentencia en los labios.
Antes de la indignación cabe una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿de dónde salió tu expectativa? A veces tiene fundamento firme, porque el requisito que te pidieron no existe en ningún lado, o porque la oficina correcta era esa y no la otra. A veces proviene de un lugar menos noble. Del recuerdo de aquella ocasión en que un conocido te resolvió el trámite en veinte minutos, del trato que crees merecer por la manera en que te presentaste, de una costumbre que ya no distingue entre lo que la norma manda y lo que a ti te acomoda. Las tres cosas producen el mismo enojo y se pronuncian con idéntica firmeza.
Sospecho que ninguno de nosotros lleva la cuenta completa. El día que te aplicaron una regla que no correspondía, protestaste con razón. El día que omitieron una que sí correspondía y saliste con tu documento en la mano antes de tiempo, no dijiste nada. Nadie escribe en la red social que la irregularidad le funcionó. La misma discrecionalidad que denuncias por la mañana la agradeces por la tarde, y el criterio que decide cuál de las dos versiones cuentas depende de qué lado del mostrador cayó el beneficio. Esa contabilidad silenciosa es más común de lo que admitimos y explica buena parte del ruido público.
Por esa rendija entra la fórmula. Cuando señalas algo con precisión, quien administra el asunto percibe la selectividad que traes cargando, y en lugar de responder a lo señalado te devuelve la pregunta: si te opones, ¿qué propones? Suena a invitación al diálogo. Funciona como clausura. En el instante en que se pronuncia, la materia se desplaza y deja de examinarse la decisión para examinarse a quien la discutió. Todos los presentes lo perciben y muy pocos lo nombran, porque la pregunta viene con modales de apertura y desarmarla parece descortesía.
El reparto de información hace el resto. Quien decide tiene el expediente, el presupuesto, el calendario y el tiempo institucional para corregir. Quien observa tiene lo que el ejercicio del poder dejó a la vista, que suele ser poco y llega tarde. Pedir a la segunda posición el producto de la primera es fijar una prueba imposible y esperar tranquilamente a que la repruebe. La propuesta nacerá incompleta, la incompletitud quedará archivada, y meses después se exhibirá como evidencia de que el señalamiento nunca tuvo sustento. El procedimiento no requiere censura y por eso resulta tan eficiente: no deja constancia de agravio.
Aquí viene la parte incómoda, y no puedo escribirla solo en segunda persona. Existe una manera de oponerse que dejó de depender de lo que ocurrió: llega antes de leer el documento, se activa con el nombre de quien firma y halla confirmación en cualquier noticia. Quien la practica casi nunca lo advierte, porque la costumbre se siente igual que la convicción y produce el mismo calor en el pecho. La he tenido yo. La reconozco cuando reviso qué me molestó exactamente y encuentro el gesto antes que el hecho, con el hecho llegando después, acomodado para que quepa en la molestia que ya traía puesta.
Conviene no confundir esa costumbre con el interés, aunque en la superficie se parezcan. Quien se opone por costumbre no calcula: adoptó una posición, la sostiene por comodidad y suele sorprenderse cuando le demuestran que esta vez la cosa salió bien. Quien se opone por interés sabe con exactitud lo que hace, porque el fracaso ajeno es su materia prima; de ahí que nunca descienda al detalle, cambie de asunto cuando el dato admite verificación y prefiera el adversario a la falla. Meterlos en el mismo costal ofende al primero y protege al segundo, que agradece la confusión y se instala en ella. Frente a este último, la pregunta por la propuesta resulta legítima y devolverla con exigencia de programa es apenas justo.
Queda una distinción que nadie puede hacer en tu lugar. Oponerse por razón cuesta trabajo: obliga a revisar si la molestia habría existido en caso de que la irregularidad te favoreciera, a nombrar la fecha, el monto y el área responsable, a sostener lo dicho cuando alguien se toma la molestia de verificarlo. Quien paga ese precio ya entregó algo utilizable aunque no lo haya redactado en forma de solución, porque señaló con exactitud el punto donde debe empezar la corrección. Ese señalamiento no exige cargo, ni programa, ni permiso de nadie.
A ti, que guardaste silencio en aquella junta porque no traías la alternativa completa: nadie la trae, tampoco quien decide. Lo que sí tenías era el dato que a los demás les faltaba. Ofrécelo con el rigor que exigirías de cualquier otro, y revisa antes tu propia contabilidad, la de los favores que no denunciaste. Cuando llegues así, la pregunta pierde filo y puedes responderla en pocas palabras: propongo que hagas tu trabajo. La frase incomoda porque devuelve el asunto a la oficina de la que salió, donde el deber de resolverlo estuvo siempre.1
Luis David Sandin Torres Abogado por la Facultad de Derecho de la BNA y Maestro en Ciencias Jurídicas por la UABC. Cuenta con estudios de Doctorado en Derecho Electoral y Filosofía Política por el Instituto Iberoamericano de Derecho Electoral. Ha realizado estancias de investigación bajo la dirección del Dr. Diego Valadés. En el ámbito profesional, se ha desempeñado como asesor en la Cámara de Diputados y es consultor independiente en políticas públicas y docente universitario.



