Un viernes de esos en que la semana pareció de nueve días, un compadre manda al grupo de WhatsApp la foto de una tarjeta escrita a mano. Dice que si a un hombre trabajador le dicen aburrido porque no tiene tiempo para una mujer, entonces se explica que haya tantos vagos con novia y tantos trabajadores solteros. Llueven los «así mero» y los pulgares arriba, y el que sale más tarde de la chamba la reenvía a otros tres grupos. La letra es apretada, y es fácil imaginar al autor comiendo de pie y volviendo en el último camión.
En esas líneas hay un dolor que merece respeto, y también una herencia. Muchos de nosotros crecimos con papás que nos querían en efectivo y por quincena. Salían antes de que despertáramos, volvían cuando ya dormíamos y estaban convencidos de que cada hora lejos contaba como prueba de amor. Tenían su parte de razón, pues gracias a esas horas hubo tortillas y zapatos para el regreso a clases. De ellos aprendimos que querer es proveer, y lo aprendimos tan bien que de grandes repetimos el gesto sin preguntar si a quien queremos le llega como lo imaginamos.
Del otro lado de la mesa suele pedirse menos, que estemos. Que al llegar preguntemos cómo les fue y aguantemos la respuesta completa. Cuando una pareja dice que el otro se volvió aburrido, describe una ausencia con cuerpo. Es la del que se sienta a cenar y contesta «ajá» a todo, incluso a lo que no era pregunta. Sigue cuadrando el inventario mientras en la bocina suena la canción con la que se enamoraron. Esa ausencia duele doble, porque reclamarla parece ingratitud frente a quien se mata trabajando.
La tarjeta reparte además la culpa con prisa. Si el cansancio diera derecho a quejarse, las mujeres tendrían la fila más larga en la ventanilla de los reclamos. Según la encuesta del INEGI sobre el uso del tiempo, en 2024 ellas trabajaron sesenta y una horas a la semana y nosotros cincuenta y ocho. La diferencia está en lo que no se paga. Ellas le dedicaron casi cuarenta horas semanales a la casa y a los cuidados, y nosotros poco más de dieciocho, contando cada vez que preguntamos dónde quedaron las llaves. Muchas cruzan la puerta a empezar otro turno que nadie aplaude en el grupo.
Lo que el reproche no alcanza a ver nos toca de cerca. Convertimos el trabajo en una fe, y como toda fe tiene sus herejes, al que no se agota lo miramos con desprecio y con tantita envidia. El vago no es ejemplo de nada, que conste. Conserva, eso sí, lo que muchos vendimos sin darnos cuenta, horas sueltas, y las gasta en alguien. Ya lo decían las abuelas, el que se fue a la villa perdió su silla. El amor se hace con ese tiempo que no produce nada, el de la plática sin rumbo y el «¿qué se te antoja?» que tarda media hora en resolverse.
Por una vez, las buenas noticias traen sello oficial. En 1917 este país decidió que la jornada no pasaría de ocho horas, para que algo del día sobrara para dormir y para querer a alguien. Ese tope de cuarenta y ocho horas a la semana no se había movido desde entonces, y en enero empieza a bajar dos horas por año hasta quedar en cuarenta en 2030. Es un avance lento, y a quien trabaja sin contrato todavía no le toca. Aun así, la ley por fin devuelve tiempo en lugar de pedirlo, después de décadas en que el salario nos obligó a revenderlo en horas extra.
Conviene pensar desde ya en qué gastar esas dos horas, antes de que las reclame el pendiente de siempre. Dan para aparecerse con pan dulce sin que sea quincena, para bailar una cumbia en la cocina con el café en la lumbre o para pagar la serenata que debemos desde hace años. Sirven también para lo más sencillo, sentarse con los nuestros sin mirar el reloj y dejar que la tarde se alargue sin pedirle permiso a la agenda. Cada quien sabrá a quién se las debe.
Si hoy llegas a tu casa con la espalda hecha nudos y te dicen que te sienten lejos, no conviertas ese reclamo en tarjeta. Casi siempre es una manera torpe de pedirte que vuelvas, y bien leída es una declaración de amor con mala letra. Tus horas te pertenecen por un derecho que costó mucho ganar. Defiéndelas con la terquedad con que defiendes tu sueldo, aunque empieces con media hora y el teléfono apagado. Y si eres tú quien espera, dilo claro y con cariño, porque a varios de nosotros nadie nos enseñó a regresar temprano.
Ojalá el autor de la tarjeta la encuentre algún sábado en el fondo de un cajón y le cueste reconocer su letra. Sería señal de que aprendió a llegar a casa de otra manera, tal vez de la mano de la misma persona que un día le dijo aburrido. Que se ría de sí mismo con ella y que el café se enfríe mientras platican. Nadie se enamora de una jornada, y a él, como a cualquiera de nosotros, lo van a querer por las horas en que decida quedarse.



